13 criaturas, 12 músicos y un bajo dentro del ‘Laboratorio V03’, el nuevo disco de Oliver Castillo

Oliver Castillo firma Laboratorio V03, pero escuchar el disco también implica preguntarse cuánto de esa autoría permanece intacta cuando doce músicos distintos entran a modificar sus composiciones. El tercer volumen de Laboratorio reúne 13 piezas inspiradas en animales y construidas a partir de ideas musicales desarrolladas por el bajista limeño, antes de ser intervenidas por artistas provenientes de recorridos muy distintos dentro de la escena peruana. El resultado tiene una identidad reconocible, aunque nunca depende de una sola voz.
La lógica viene de lejos. Castillo entrega a sus invitados composiciones en estado abierto, generalmente construidas alrededor de bajo y batería, para que puedan desarrollar sus propias ideas. Esa decisión modifica la relación habitual entre compositor e intérprete. El músico convocado deja de ocupar un lugar secundario y adquiere capacidad para alterar la dirección de la pieza, incorporar sus recursos y decidir qué hacer con aquello que recibió. Laboratorio V03 convierte esa interacción en parte esencial de su estructura.
La lista de participantes ayuda a entender la dimensión del experimento. Tavo Castillo aparece en “Dragones”; Alec Marambio participa en “Perro” y “Calamar colosal”; Allexa Nava interviene en “Langosta”; Miguel Arroyo en “Pulpo”; Martin Choy en “Colibrí”; Ana Contreras en “Parasaurolophus”; Theremyn_4 en “Hipocampo”; David Cabrejos en “Termita” y “Ornitorrinco”, donde comparte créditos con Aaron Alfaro; Pauchi Sasaki en “Pez volador”; Jonathan Mendoza en “Tortuga marina” y Luis Jimenez Casana en “Tiburón”. Más allá de reunir nombres conocidos de distintas generaciones, esta selección introduce distintas maneras de entender la creación musical dentro de una misma obra.
El bajo permanece como la columna que permite reconocer a Oliver en medio de esa multiplicidad. Su recorrido con Dmente Común y sus más de tres décadas frente al instrumento explican la confianza con la que puede entregar una composición y dejar que otros la transformen. En Laboratorio V03, el bajo deja de ser únicamente el territorio desde donde Oliver compone para convertirse también en una especie de lenguaje compartido. Los invitados reciben esa materia inicial y la traducen desde sus propios instrumentos, experiencias y formas de escuchar.
Por eso el cierre de la trilogía tiene algo de paradoja. Oliver llega al tercer volumen con una obra que lleva su nombre, pero que depende de la presencia de otros para completar su forma. Esa tensión entre identidad individual y creación colectiva termina siendo una de las ideas más interesantes del álbum. Laboratorio V03 pertenece a Oliver, aunque también pertenece a quienes aceptaron entrar en él, mover sus piezas y devolverle algo que ya no podía sonar exactamente igual.
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